Los Bombos hacen vibrar a Santiago del Estero

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Por Raúl Manrupe

El suelo tiembla. No es chiste ni movimiento sísmico. El suelo es de tierra y tiembla. Miles de pies y pechos vibran al son de los bombos. El lugar podría ser algo parecido a un recreo de los que tiene los sindicatos al costado de alguna ruta. Pero es el Patio del Indio Froilán, en las afueras de la ciudad de Santiago del Estero.

Llegamos a la ciudad por la mañana, para participar como miembro del jurado del 1er Festival de Cine de Santiago. A la noche, nos proponen ir al Patio. Nos cuentan: es la vigilia de la marcha de los bombos, que desde hace quince años se cumple como ritual para esta fecha (el sábado previo al cumpleaños de la Ciudad, que es el 25 de julio). Imaginamos una peña, algo que nos gusta visitar, sabiendo que aquí hay varias (la más conocida la de Peteco Carabajal).

Como previa, y banda sonora de la experiencia: todo el día, en todos lados, chacarera. Y todos los lados es la farmacia, el almacén, el quiosco, el mercado Armonía. En el camino vemos pasacalles anunciando la marcha, sponsoreados por Secco, la gaseosa local que es toda una institución por estos pagos.

Hay cientos de autos en las inmedicaciones y todos van al mismo lugar. El Patio es un predio con árboles, algunos quinchos, más un lugar donde comprar fernet o cerveza que no entendemos cómo abastece a tanta gente, pero lo hace. El  lugar está poblado por hombres y mujeres de todas las edades, esto es incluyendo niños y abuelos. Como atracción, el mismo Indio, su esposa y sus empleados o socios, haciendo lo que los ha hecho famosos: bombos. Lo veremos toda la noche en su tarea, como uno más.

Ahí se construyen los bombos de los grupos folklóricos más importantes de todo el país. Y esta noche el trabajo no se detiene: se hace a la vista, frenéticamente, ante las cámaras de todos los curiosos y las miradas encantadas de los locales.

En el otro extremo hay un escenario ancho, que atruena. Uno tras otro desfilan los grupos en los que la percusión es protagonista y tienen mínimo diez integrantes. Abajo, miles de personas bailan y se divierten. Se hacen rondas que tienen fuerza centrífuga y te llevan a moverte. Hacía un rato que no veíamos tanta dicha espontánea.

Una integrante de la familia Carabajal llega y explota todo: Roxana, con toda su fuerza y pone a la concurrencia allá arriba. Nos cuentan que año tras año vienen artistas conocidos y se suben al escenario en esta vigilia que hace el aguante hasta que amanezca y poder desfilar.

Es que en la Marcha de los Bombos, como tantas otras festividades locales, convoca a feligreses de distintos puntos de la provincia y más allá aún, que se merecería un documental. Bombos que se convocan para atronar la ciudad. La vigilia lleva la noche entera. Hay carpas, casas rodantes, una colección de motos de cilindrada variable. Sonrisas por todas partes y chacarera como el aire que se respira y que lleva a bailar hasta al porteño más patadura y negado para las expansiones físicas espontáneas. Periodistas, críticos de cine, a bailar. Nos felicitamos de haber estado en ese lugar en ese momento, siendo que tantas veces hemos pensado en cómo hacer para estar presente en tantas festividades como tiene cada provincia argentina. El hecho de coincidir con el festival de cine y contar con locales que nos pasaron el dato hizo la magia para que ahora la compartamos con vos que leés esto.

A las 4 y algo nos vamos a dormir pensando en que al día siguiente tenemos que terminar la tarea que nos ha convocado: evaluar y premiar películas. Nuestros guías locales nos dejan en el hotel y se van… ¡de peñas! Hermoso.

A la mañana no hace falta despertador: los bombos se acercan desfilando por las distintas avenidas, alguien que canta, nos ponen en contacto con la realidad que sigue y que tendrá su punto culminante desfilando por la plaza San Martín frente a la exsede de la Municipalidad, devenida en centro cultural. Serán cientos de bombos en fila marchando frente a  una multitud. Agrupaciones llegadas de lugares tan distantes como Merlo (Provincia de Buenos Aires). Y la vibración sigue a su máximo nivel de decibeles y emoción. El sol acompaña. Los bombos nacen y viven en Santiago. El Patio del Indio Froilán, que comenzó espontáneamente y hoy es algo inseparable de la identidad de la provincia, es el lugar donde se alimenta esta conexión cósmica con la tierra, que tiembla.

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