Jugando con el viento en el desierto riojano

En la terminal de la ciudad de La Rioja tomé un bus a Aimogasta, unos 130 km hacia el norte. En el camino nos quedamos por una falla técnica. Tardamos un poco más, pero disfruté en ese lugar un rato de tranquilidad y de un hermoso paisaje. En un momento el bus va muy lento al subir la montaña, para luego descender e ingresar a la planicie del desierto. Ahí la Ruta 9 es una línea perfectamente recta de muchos kilómetros. A ambos lados molinos de viento de lo que será el parque eólico más grande de Argentina. Hermoso contraste con el paisaje desértico.

En Aimogasta me esperaba Arcadio Sotomayor, quien se encarga del predio Vientos del Señor. Me invitó a su casa, donde compartimos mates e historias de cómo es la vida por estos pagos, su cultura, lo cual me hizo sentir muy cómodo y a gusto en este hermoso lugar. Más tarde, llega un Renault 12 manejado por Oscar, uno de los pilotos del carrovela y sereno del predio, que nos llevó al Barreal de Arauco. Son unos 30 km de Aimogasta, un tramo de ruta asfaltada y otro de huellas de autos y 4×4.

Estamos ante una gran formación natural con una superficie lisa y arcillosa con una extensión de 4km de ancho por 7km de largo, la cual la convierte en una de las mejores pistas del mundo para la práctica de Carrovelismo y el Kitebuggy. Vientos del Señor es el nombre del lugar donde se hacen estos deportes. Cuenta con refugios, hornos a leña, parrillas, baños, y la cafetería que vende productos exquisitos que elaboran ellos mismos. Yo, con una emoción plena: unas semanas antes mirando fotos de este lugar en una revista y ahora acá, recién llegado ¡imagínense!

Ellos se van y volverán al día siguiente: me dejan para que disfrute la aventura de quedarme a dormir ¡solo!. Quedo a cargo del lugar, todas las llaves en mi mano: el lugar entero era mío, un desierto a mis pies para mi solo, sin un alma en kilómetros.

Atardece con colores mágicos en un entorno muy especial, con montañas y cerros alrededor de todo el Barreal. Momento de hacer fueguito, tirar algo a la parrilla para cenar y disfrutar de la tremenda noche estrellada. Sin computadora, sin teléfono, sin señal, solo en un refugio en el desierto. Me voy a dormir pensando en que mañana será otro tremendo día.

Desde temprano estaba muy caluroso, sol radiante con el color rojo arcilloso del barreal, ni una gota de viento, cosa que me parecía raro ya que es el lugar ideal para los deportes de viento. A lo lejos veo algo chiquito que se acercaba: era Arcadio en un cuatriciclo. “¿Viste lo que se siente dormir en este lugar?” fue lo primero que me dijo mientras comenzaba el preparativo del equipo para disfrutar el día.

Le digo que no hay viento y me contesta «a las 2 de la tarde empieza a soplar». ¡Y así fue! Hora ideal para arrancar la aventura. Llegó Oscar y nos subimos a uno de los carros. Me explica el funcionamiento y arrancamos con una oleada suave de viento. Mientras más viento hay en la vela se siente como si fuese un motor V8 que acelera de una manera mágica. Mucho tiene que ver con el manejo de los pies, con los que se le da la dirección del carro.

Al ser una extensa superficie de suelo plano, que el viento se encarga de limpiar y alisar se pueden alcanzar los 120km/h.

Y llegó la hora de pedir permiso para manejar: entendí perfectamente el funcionamiento. Le fui agarrando la mano, yendo cada vez más rápido, agarré bastante velocidad. Al momento de frenar tenía mucho miedo, ya que no hay frenos, sino que hay que poner el carro en exactamente la misma dirección que va el viento, y me costaba reconocer esa dirección, pero al tener varios kilómetros de espacio libre, no había mucho inconveniente, pero sí mucha adrenalina. Por momentos es como una sensación de estar flotando o levitando al ras del piso. Me gustó tanto que hicimos como 3 salidas. Al rato llegaron una familia y una pareja al lugar y los animé para que lo hagan sin dudarlo, ya que no estaban muy seguros. Me lo agradecieron. No quería que termine el día, estaba como un niño con chiche nuevo.

Después de compartir unos mates al atardecer, todos se fueron y las estrellas se iban haciendo muy presentes y visibles gracias a la casi nula contaminación lumínica (solo los faroles del refugio).  Otra increíble noche de soledad en este mágico lugar tan poco conocido, escenario natural imponente para vivir una experiencia diferente, aventurera y emocionante.

A la mañana siguiente vino Oscar con el cuatriciclo a buscarme. Pasamos por el lugar conocido como Señor de la Peña, donde hay una enorme piedra de unos 12m de alto por 20m de diámetro, se calcula que se desprendió de las sierras que tenemos frente a nosotros unos 2.000 años a.C. en la que la naturaleza talló un perfil humano. De cada lado se ve un rostro diferente que se asemeja al de Cristo. Oscar me cuenta que es un lugar sagrado al viene mucha gente durante todo el año, pero principalmente peregrinaciones multitudinarias en semana santa.

Seguimos viaje en el cuatriciclo hacia Aimogasta, por un camino alternativo, sólo para 4×4, en medio de la naturaleza. Nada mejor para mí que terminar esta aventura de esta manera, casi 2 horas al estilo Into the Wild por médanos, caminos de tierra, atravesando un río de poco caudal. Llegamos a casa de Arcadio, le agradecí por estos días que me hizo pasar y le prometí volver a visitarlo, porque en los viajes no sólo se va a conocer un lugar, sino también a su gente. Y de Vientos del Señor en el Barreal de Arauco no sólo me llevo una gran experiencia con el carrovelismo, también me llevo una gran amistad.

> Nota y fotos: Javier Lubenfeld

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