Sandboard, termas, adobe y toda la magia de Catamarca.

Me crucé con el cartel en el camino y para mí estar en el kilómetro 4040 significó mucho, porque puedo decir que prácticamente ya recorrí la Ruta 40 completa. Ameritaba una foto.

Mi primera mañana en Fiambalá arrancó con unos mates en el viñedo que hay en el hostel San Pedro, charlando con Ricardo, su dueño, guía de turismo y montañista. Después salí a caminar y recorrer un poco este hermoso pueblo tan tranquilo y pintoresco hasta llegar al Río Abaucan y pasear un poco por ahí… ¡me encantan estos lugares!

Ricardo me recomendó visitar la Duna Mágica de Saujil. Me prestó una tabla para sandboard y una bici. Son unos 15km por la ruta 34 y vas recorriendo un valle con un paisaje alucinante.

Llego al pueblo de Saujil, la gente que me cruzo me saluda como si me conocieran, es algo hermoso. Me enteré que esta localidad fue destruida por un terremoto hace muchos años.

Y ahí veo a esa súper duna gigante, me saqué las zapatillas y la subí. La vista que tiene este lugar es impagable. En medio de un mar de médanos de arena oscura la Duna Mágica es de arena blanca, un contraste hermoso, un paisaje que cambia constantemente por la erosión y el viento.

Y acá estoy, con la tabla de Sandboard. La arena es muy fina y suave, lo que hace perfecto el deslizamiento. Me tiro una, dos, tres veces. Lo más difícil es subir otra vez cada cada vez que te lanzás.

Disfruto un rato de este lugar aislado y mágico, con unos ricos mates hasta el atardecer. Emprendo la vuelta y costó más que la ida, por el viento. Llegué al hostel cansado pero muy contento.

Para el día siguiente, otra recomendación de Ricardo: las famosas Termas de Fiambalá. Conocí a alguien que iba en moto para aquellos lados. Otra vez una ruta increíble a los pies de la Cordillera de los Andes.

Las termas son geniales: 14 piletas con diferentes temperaturas y cascadas en medio de las montañas: de ensueño, sin dudas es el lugar ideal para relajarte. No por nada tienen este nombre, Fiambalá, que en la lengua de los pueblos originarios significa “agua que penetra en la montaña”. Me quedé prácticamente todo el día. Algo que realmente necesitaba.

Y además de sus recomendaciones geniales, un día Ricardo agarró su auto y me llevó a Tinogasta. Recorrí el centro, entré a museos, para interiorizarme un poco con este lugar con tanta historia. Llego a Casa Grande Hotel de Adobe, emblemática casona declarada de interés Patrimonial y Cultural Provincial. Fue levantado en 1897 para albergar al Batallón Cazadores de los Andes, cuando Argentina y Chile estaban al borde de la guerra por cuestiones limítrofes. Construido en adobe, mantiene su esencia, pero reciclado con todo el confort moderno.

Estuvimos charlando con Joel y su familia, dueños del hotel, cerveza y picada de por medio, me cuentan un poco sobre la historia de este mítico lugar.

Me acomodé en una hermosa habitación y disfruté de una tarde de mate y pileta. Y por la noche cena con unos europeos aventureros que andaban recorriendo Latinoamérica en moto.

Al día siguiente salimos con Joel en su auto. Me va a llevar a conocer la  Ruta 60 que lleva al paso San Francisco, en el límite con Chile. Un camino realmente increíble, paisajes sin igual, paramos en diferentes puntos para observar detenidamente la belleza y los colores a nuestro alrededor.

Esta ruta llega a su punto más alto casi a los 5.000msnm, en plena Cordillera de los Andes y es algo completamente imperdible.

Pasamos por la Quebrada Las Angosturas y sus colores alucinantes, casi que aparece de repente al salir de una curva y te deja impactado. En esta zona catamarqueña de la cordillera se encuentran los volcanes más altos del mundo y es de una belleza indescriptible. Tanto Joel como yo estamos fascinados y no nos queríamos ir.

Pero bueno, emprendemos el regreso por la Ruta del Adobe, corredor turístico de unos 50km entre Fiambalá y Tinogasta, en donde encontramos capillas, iglesias y ruinas prehispánicas todas realizadas en adobe, este material milenario mezcla de arcilla, pasto o paja, tierra y agua. Estructuras muy fuertes y resistentes al paso del tiempo y al clima. Y algunas hasta a los terremotos.

Se recorren varios parajes, puestos y poblados, cada cual con su historia. Un lugar más espectacular que el otro, no sólo por su belleza sino también por su estado de conservación.

En La Falda, encontramos la iglesia Nuestra Señora de Andacollo, que data de la primer mitad del siglo XIX, esta es la única construcción superviviente en este paraje enclavado en zona sísmica. Por dentro se respira la historia, la cultura, la religión. Hay que visitarla para comprenderlo.

Otros de los parajes para destacar es El Puesto, un pueblito prácticamente todo de adobe, donde encontramos el Oratorio de los Orquera, de 1740.

Más adelante se encuentra Anillaco, un complejo residencial y religioso que fue edificado de 1712. Nuestra Señora de Anillaco es la iglesia más antigua de Catamarca, con un altar construido de adobe, una joya del arte popular religioso.

Luego encontramos las ruinas prehispánicas de Batungasta o también llamado Watungasta o Huatungasta, sitio incaico declarado Monumento Histórico Nacional, conocido como Pueblo de La Troya. El lugar ha estado ocupado desde mucho antes de la llegada de los Incas por pueblos agricultores y debió funcionar como base de desplazamiento de un lado a otro de la cordillera.

Y llegando a Fiambala encontramos La iglesia de San Pedro, uno de los Monumentos Históricos Nacionales más notables de Catamarca, data del 1770, con paredes de casi 1 metro de espesor. Se destacan aquí varias pinturas cuzqueñas y como punto principal la imagen de San Pedro, el santo Caminador, cuya historia merece ser escuchada acá mismo, frente a esta imagen.

Cada uno de estos parajes poseen un valor histórico y cultural muy importante, son un atractivo turístico tanto por el aspecto religioso como por el arquitectónico. Y maravilla poder visitarlos.

Quisiera seguir contando más y más sobre esta provincia mágica, podría ser interminable. Simplemente gracias Catamarca.

> Nota y fotos: Javier Lubenfeld

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