Las princesitas de Saint Exupery

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Por Rael – Fotos: Laura Abigador

Hay lugares que tienen magia. Y si allí se vivieron experiencias conmovedoras que sirvieron de inspiración para un libro como El Principito, entonces es inevitable que la magia de ese lugar nos llene el alma.

En Concordia, provincia de Entre Ríos, está el hermoso Parque Rivadavia y en él, las ruinas de lo que fue un imponente caserón. Edificado en 1888, su lujo, su modernidad y su excéntrico dueño francés (que desaparece misteriosamente 3 años después) eran toda una rareza. La gente lo llamó “el castillo”. Así se lo conoce hoy: Castillo de San Carlos. En 1929 llega a la casa otra familia francesa: los Fuchs Vallon.

En enero de 1930, un avión aterriza en aquellos campos a la vera del río Uruguay. Al hacerlo, una rueda se rompe al atascarse en una vizcachera. La familia invita al piloto a pasar la noche en su casa y al llegar allí, la magia se produce: el aviador, Antoine Jean-Baptiste Marie Roger de Saint-Exupéry, se enamora de cada rincón y se encuentra con las hijas de los Fuchs, Edda, de 9 años y Susanne, de 14, con cuyo encanto e inteligencia queda completamente fascinado.

El autor cuenta estas vivencias en la revista parisina Marianne, en la nota “Las princesitas argentinas” y también en su libro Tierra de Hombres, en el capítulo “Oasis”. Y se cuenta que hasta planeó una película con Jean Renoir acerca de aquellos días.

Pero por sobre todas las cosas, las “princesitas”, son la génesis de su obra más recordada, El Principito. No por nada llama oasis a aquel rincón de Concordia (en el libro el encuentro con el Principito se produce en el desierto, luego de la avería de un avión). No por nada al Principito se le enrosca una serpiente en  los tobillos, parecido a lo que le pasó al autor con las serpientes que convivían en la mansión con las princesitas y su familia con total naturalidad. Como el zorro que deambulaba libremente por la casa: él también aparece en el famoso libro, y es en su boca (u hocico) que el autor pondrá la famosa frase “lo esencial es invisible a los ojos”. Y en lo que queda de aquel castillo, aunque no se lo vea está Antoine de Saint-Exupéry. Magia.


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